Nota de actualidad | Gris, de tiempo gris (relato de ficción de Nicolás Soto)

GRIS, DE TIEMPO GRIS
Narrativa de ficción de Nicolás Soto
Noviembre 2002
Link: http://www.badosa.com/bin/obra.pl?id=n126-14
GRIS, DE TIEMPO GRIS
Elena había llegado a la casa.
No se sentía proclive a arreglar los destrozos infligidos por José Gregorio Livorini. La embargaba una abulia barnizada de espasmos ansiosos. No se sentía capaz ni siquiera de vislumbrar un pórtico pragmático que la indujese a tomar el control de su vida. Era una dejadez enfática. Entró a su habitación con ánimo de revivir el familiar rito narcisista.
Se desvistió con parsimonia, recordando los viejos días cuando era una flacuchenta hiperkinética y no la aquejaba el pesimismo prodigioso que la inmovilizaba ahora. Abrió la puerta del escaparate y se plantó frente al espejo. Una radio vecinal canturreaba a lo lejos:
Frente a una copa de vino
yo me río de mí
me da una pena tan grande
que me tengo que reír
La imagen que se reflejaba era la de una sirena encapotada. De una vieja botella de brandy Cardenal Mendoza se sirvió una larga porción en un vaso de cartón que consiguió encima de la mesa de noche. Lo ingirió de una buena vez y sintió un calor eléctrico esquiando aguas abajo en su esófago. Se quitó el sostén y se miró de perfil. Sus senos temblequearon un tanto al verse libres. Seguían firmes, llenos y redondos. Un nuevo y rápido trago hizo que los pezones se le hincharan como ciruelas veraneras. Bajó la pantaleta con extrema lentitud, solazándose con la tela que parecía rehusar escaparse de la húmeda hendidura que hasta entonces había resguardado. La prenda descendió acariciando sus muslos, sus tibias pantorrillas y sus tobillos. Un tercero y requemante trago la indujo a buscar el alivio arcilloso de su mano acuciosa. Se colocó de espaldas al espejo y se inclinó, colocando su torso en posición horizontal para poder autocontemplarse por entre sus separadas piernas. El dedo medio la penetraba con serenidad insaciable. La posición era fatigosa. El velo le impedía respirar. Se enderezó sin dejar de acariciar su pubis con un débil contoneo de bailarina marroquí. Se sirvió otro largo vaso de brandy y lo apuró de un solo trago. La borrachera le lamía las entrañas. Se quitó el velo y la visión de su cara hinchada la asqueó sin cortarle la excitación. Mientras se aproximaba al orgasmo, veía su rostro tumefacto alejarse y acercarse con vértigo coagulado, como en esas películas italianas donde abusan del zoom in. Acabó, por fin, y luego del placer no se sintió con ganas de tolerarse. Fue al gabinete del baño, extrajo una botellita de somníferos y se quedó aletargada, contemplándola.
El viaje resultó largo, demasiado largo, y había durado toda la noche. Sin embargo, el exceso de café consumido lo mantenía despierto. «De todas maneras», razonó, «siempre me ha costado un imperio dormir de día.»
No así ella. Él podía sentir su respiración acompasada.
Al llegar al hotel, había decidido no acostarse con ella, respetuoso todavía de su doncellez refulgente. En la recepción, el empleado de turno había estado apunto de poner objeciones al hecho de que ocuparan la misma recámara. Un rápido y discreto soborno lo disuadió. Ella ni se dio cuenta por lo fatigada y somnolienta que estaba.
Se acostaron completamente vestidos. Ella en la cama, él en un sofá aledaño. Al cabo de un buen rato de anudado insomnio y de crujiente incomodidad, se trasladó al lecho. Procuró introducirse sin despertarla. Como por reacción condicionada, ella se echó a un lado, cediéndole espacio.
Rememoró los detalles de la fuga. Luego de varios días de espera infructuosa, la ocasión se había presentado con motivo del velorio del papá de Sojito. Todos los Alvarenga habían ido a dar el pésame, menos ella. Alegó un dolor de cabeza como excusa. Pedrarias aguardó a que terminara de oscurecer y se posicionó con «La Miguaqueña» frente a la quinta. Luego de una corta y nerviosísima espera, emergió María Enriqueta portando una pequeña valija y un neceser. Cubría su cabeza con un pañolón y sus ojos con gafas oscuras. Afortunadamente, nadie rondó por aquella calle. Para no llamar la atención, Pedrarias arrancó pausadamente. Solamente unos cuantos ladridos de perros callejeros perturbaron la paz de la huida.
Casi ni hablaron durante el trayecto. La drástica decisión abrumaba cualquier locuacidad.
Para no detenerse innecesariamente, Pedrarias había traído dos termos de café. María Enriqueta prefirió no beberlo. Vencida por el cansancio y la fatiga de tantos días de expectativa, descabezó inconexos sueños durante la monótona travesía.
Notó cómo se alzaba y descendía la cobija que la cubría. Súbitamente, ella se volteó. Estaba despierta y lo miraba fijamente. Pedrarias acarició su pelo de seda amarilla.
—¿Dormiste bien? —le preguntó.
Ella asintió.
—Voy a bañarme —dijo, abandonando la cama.
Pedrarias se quedó mirando el techo. Aun cuando había cavilado detenidamente sobre los pasos a seguir a continuación, una duda litúrgica lo laceraba. María Enriqueta había decidido ponerse en sus manos, sin ambages. No deseaba dejarse apabullar por la carga de lo que se les venía encima.
—Flaco —lo llamó ella desde la puerta del baño.
Estaba desnuda.
María Esperanza Alvarenga empuñaba la hoja de papel con lividez reflejada en el rostro.
Querida María Esperanza:
Yo deseaba, de todo corazón, permanecer en Miguaque y ensayar a complacerlos a todos. Pero, como tenía que suceder, a la larga la tentación me resultó insurmontable (¡¡¡perdona la franchutada!!!). Mi alma quería levantar el vuelo, mi cerebro se afanaba en hacerme prisionera de la lógica y, al final, luego de arduas diatribas, imperó el corazón. Los pies obedecieron y heme aquí escribiéndote esta despedida. Me voy detrás del ensueño.
Al principio, fue una tentación que zumbaba en mis oídos impidiéndome, de vez en cuando, sumergirme en mi mundillo de transparentes fantasías. Recordé unas palabras de Oscar Wilde (¡¡¡un escritor inglés homosexual, María Esperanza!!!): «El único medio de desembarazarse de una tentación es ceder a ella. Si la resistimos, nuestras almas crecerán enfermizas, deseando las cosas que se han prohibido a sí mismas y, además, sentirán deseo por lo que unas leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegal...»
He decidido, pues, entregarme a plenitud a la vorágine de mis tentaciones y a la tiranía del amor. He callado quizá durante demasiado tiempo. Mis palabras estuvieron amarradas y hoy brotan incontenibles como un géiser. Amo. Soy amada. Quiero seguir amando (¡¡¡es divino amar!!!).
¿A qué fingir, entonces? Aquella abnegada chicuela, de agobios recogidos y clandestinas blasfemias, se metamorfoseó en libre crisálida. Fatigaré mi desnudez espléndida en sábanas de satén y rosas. Orbitaré, cual astro disfrazado de odalisca, en espacios de leche, miel y sangre. Tengo hambre, María Esperanza, tengo sed y quiero saciarme.
Ahora me recuerdo del olvido. Hay tanto que borrar de nuestras memorias, como esos minutos de contrahecha lucidez que destruyen ilusiones. El futuro se escurre entre mis dedos porque el presente se nos hace efímero, María Esperanza. Sé que no viviré mucho pero, al menos, disfrutaré de breve conciencia en los potreros de la libertad. Habrá tiempo para el silencio como reza el Libro de los Proverbios, habrá tiempo para el horror y castañetear de dientes como dijo Nuestro Señor y, como colofón, habrá tiempo para orgasmos vertiginosos (¡¡¡no te persignes, María Esperanza, que tú en el fondo no crees en nada de eso!!!).
Adiós. Se despide de ti, con todo el amor que la Reina de las Hadas puede dispensar,
María Enriqueta
María Esperanza no era persona para dejarse ofuscar por arrebatos momentáneos de ira. Ya el día estaba avanzado y, por todas las evidencias, María Enriqueta no había dormido en la casa. Calculó que a esa hora debería andar bien lejos.
—¡Efraín! —llamó, con voz estentórea. Al mismo tiempo, se preguntaba para sus adentros: «¿De dónde habrá sacado esas ideas tan prostituidas?»
Su marido se asomó a la puerta.
—¿Qué pasa, María Esperanza?
La respuesta fue seca y cortante.
—Tu hija se fugó con un portugués.
Noche calurosa.
La cercana estación lluviosa impone momentos de transpiración salmuerosa. Los perezosos ventiladores, colgados del techo, no logran amainar el zurcido pegostoso de la sopa convertida en atmósfera. Las luces de la sala se apagan. Se suceden diapositivas de publicidad local y truculentos trailers de películas vaqueras italianas. Comienzan a verse imágenes bucólicas.
Una música de voces en el viento y guitarras emboscadas se desdobla en paciente marco para que una tropa de jóvenes peludos transmuten un agreste vergel en gigantesco escenario.
Casi todos los muchachos están presentes.
—Esto hay que vacilárselo como es —afirma Giancarlo, y se ve su hirsuta pelambre atravesar la penumbra rumbo al baño.
En la pantalla comienzan a agruparse colmenas de chicos y chicas de variopinta facha. El ambiente general que se percibe es festivo, eufórico, gregario.
—Panita, no te lo fumes todo.
—¡Sojito! —identifica Giancarlo a quien lo interpela, dando paso a un acceso de tos.
—Te pateó por atorado. Echa para acá.
Giancarlo, a duras penas, domina la expectoración.
—¿Dónde estabas? Te anduve buscando toda la tarde, después del entierro.
Sojito hace caso omiso a la pregunta, disfrutando a plenitud de las últimas chupadas.
—Ajá, bichitos, los capturé arrebatándose y sin invitar a nadie —dice José Miguel Moros, irrumpiendo en el baño.
—¿Y desde cuándo éste es fumón? —pregunta Sojito, pasándole la chicharra.
—Yo lo envenené ayer —responde Giancarlo.
Se suceden las diversas bandas y, en los intermedios, los muchachos se meten al baño en intermitente procesión.
—«El Búlgaro» que no fume más porque se pone paranoico —sentencia Emilio José Antilano.
—Tú lo que quieres es piloneártelo todo —contesta el aludido.
—Apúrense con ese tabaco es lo que es, que por ahí viene «el Mudo» —advierte José Miguel Moros, refiriéndose al cuidador del cine.
Sojito ve a Peter Townshend torturar la guitarra eléctrica. Se identifica con el rictus famélico de Carlos Santana en su «Sacrificio Soul» y, finalmente, siente cómo la sirena exangüe de la Stratocaster blanca de Jimi Hendrix se le escabulle por los meandros de la epidermis.
—¿Y qué, Sojito, te gustó el festival de Woodstock? —le pregunta Gonzalo, al terminar la función mientras salen a la calle.
—Arrechísimo —responde Pedro Esteban.
—Imagínate, chamo, tocando un solo como el del tipo del Ten Years After. Ése sí es un guitarrista rápido —comenta Giancarlo.
—¡Uf! —resuella Sojito— ¿Y ahora para dónde le damos?
—Vamos para mi casa —invita Gonzalo—. Aquí tengo unas pepas de speed que me pasó «el Búlgaro» a cambio de una penca.
—¿Y tu tío? —demanda Giancarlo.
—No hay moros en la costa. Está en Valencia.
—Eso crees tú —clarifica Giancarlo—. Ahí viene José Miguel Moros que es peor que un chicle.
—Operación despiste con él —ordena Sojito.
Dejaron que el agua tibia escurriera sus mármoles veteados de dialectos irrecuperables. Estaban de espaldas, uno al otro, como temerosos de develar su pasión fraguada en brisas impuntuales. Poco a poco se tocaron sus hombros y sus antebrazos.
Ella agarró el jabón y, con delicadeza de prima ballerina, comenzó a friccionarle la espalda. Él permanecía con los ojos entrecerrados mientras las manos de ella dibujaban mapas de espuma y burbujas. Parecía una Magdalena ungiendo a su rabí bien amado. Lo hizo tornarse, despacio, y le enjabonó el pecho. Las manos de él se posaron sobre sus hombros. Ella descendió, en su sacrosanta operación, por el vientre de él, por los muslos de él. Tomó, con sutileza de pastora huérfana, su masculinidad erecta. La acarició y la lavó, diestra como una hurí miliunochesca. Cogió las manos de él y las colocó sobre sus senos. Luego le pasó el jabón y él comenzó la meticulosa tarea de lavarla.
La cargó en sus brazos y, con cautela de venado acechado, la llevó al lecho. Ella temblaba un tanto.
-Sé gentil conmigo- le susurró.
Empezaron a besarse con timidez de principiantes. La mano de él buscó el pecho virgen y sintió el abultado pezón endurecerse. Sus labios entrelazados restallaron con voluptuosidad mullida. La mano tuvo apetito de vientre y de monte de Venus. Ella gimió al sentir la yema intrusa en su clítoris y mojó su gruta de jade con los jugos y fermentos del amor. Sus respiraciones eran dos fuelles sin bridas. La cabeza del amante la dejó sola. Fue en pos del tesoro recóndito. Ella vibró con garbo de espada toledana cuando la lengua de él hurgó, ávida y ansiosa, en su rosada vulva, haciéndola retorcer y sollozar en agonías remotas.
Separó sus piernas y entrevió como él se abría paso por entre las compuertas de su ciega virtud, lenta y pausadamente, pero con denodado silencio. Sentía crujir los cortinajes que preservaban el umbral de sus azarientas querencias al tiempo que sus muslos convulsionaban con espasmos cortos y selváticos. Quería llorar y las lágrimas no le salían. Deseaba abrir los ojos pero había un miedo silvestre taladrando sus jardines sumergidos. El sufrimiento físico era gozo espiritual. Lo amaba.
-¿Te duele mucho?- preguntó él, con voz queda que no lograba aplacar un dejo de nerviosismo.
Ella denegó con la cabeza y buscó su boca. Las caderas de él empezaron a empujar con rítmica cadencia y ella se dejó llevar, anhelando que sus lenguas se unieran para mitigar el dolor nómada que, entremezclado con un cosquilleo escéptico, la recubría de la cabeza a los pies. A medida que él aceleraba su bombeo, ella creía fenecer entre brocados recalcitrantes con una muerte dulce y cimarrona. De repente, él se puso tenso y pareció buscar el aire como un ahogado. Ella sintió un licor tibio penetrar sus veredas cubiertas de guijarros humedecidos. Tomó la fatigada cabeza de su amante, primero y único, entre sus manos y lo vio con ojos de Afrodita apacible.
-Te amo, flaco-le dijo, en la vigilia del nuevo amanecer.

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